En
estas fechas celebramos la Navidad, conmemorando así el nacimiento de Jesús,
Hijo de Dios, que vivió en la Tierra para enseñarnos el camino a seguir, pero
no lo entendimos cuando decía a sus discípulos: ¡déjalo todo y sígueme! Tenemos
que dejar todo lo material, dejar al ego incluso, ser conscientes del Ser
Divino que somos y seguir con fe ciega los caminos del espíritu. En este mundo
físico en que vivimos nos sentimos impotentes y en la creencia de que todo es
responsabilidad ajena a nosotros; esto es así, no podemos hacer nada, el mundo
es como es, yo soy así, no puedo cambiar, es mi carácter, quizás es la
genética, lo que me ocurre es porque lo he heredado, la única solución está en
manos de Dios. ¿De Dios, de que Dios? Bueno el único que existe, el
que creó todo, el que nos ha creado a nosotros. Bueno en fin, que no hay nada
que hacer, que no está en nuestras manos.
Sin
embargo, somos nosotros los únicos
responsables de nuestra forma de vida. No nos ilusionemos con un Dios externo al
que responsabilicemos de nuestra salvación o culpemos de nuestras desgracias.
Comencemos desde la convicción de que somos partícipes en la creación, pues el
Dios que nos creó está en cada uno de nosotros y nosotros, con el poder que nos
confiere su presencia, vamos creando en el presente el mundo que manifestamos.
Lo que se siembre hoy es lo que se recogerá mañana. Lo que hagamos en el
presente decidirá nuestro futuro.
Sobre
esta base de confianza en nuestra responsabilidad, debemos afianzar los valores
básicos para la vida, en un mundo que no nos pertenece, que debe servir a los
que nos sucedan a nosotros, valores para la convivencia, para mantener el orden
y la paz en un mundo que si lo organizamos desde los cimientos puede ser el
Paraíso soñado.
Como hijos pródigos no perdamos la esperanza de ser acogidos al regreso a
nuestra casa, aún conservamos nuestra herencia divina la semilla del amor.
Debemos
cimentar todo en el amor, que, como una carrera de fondo, todo empieza con un
primer paso. Ahora es el momento de dar ese paso y no detenernos
sino seguir andando. Este es el momento idóneo, el terreno ya ha sido abonado
cuidemos la semilla que está en nuestro interior, como toda semilla habrá que esperar a que
germine, crezca y dé los frutos, no es algo automático, pero poco a poco los
iremos viendo si empezamos ya. Primero hemos de despejar todo, arrancar
las hierbas inútiles, arrancar todo lo que pueda perjudicar o ralentizar su
crecimiento y cuidar para que el árbol sea fuerte y grande para que sus frutos
den para todos. Tenemos que cambiar los viejos conceptos de competición por
colaboración, de acaparar por compartir, egoísmo por altruismo, aceptar todo y
actuar en vez de juzgar y criticar. Debemos vivir desde la convicción de la
pertenencia a un Todo, sabiendo que lo que ocurre a uno, aunque sea en otra
parte del mundo le afecta a los demás.
Cádiz, 14 de diciembre de 2016
José Luis Lladó Meléndez