Impotencia, tristeza, miedo y un sentimiento incontrolado
de odio a lo que nos viene de afuera. ¡Qué equivocados estamos!, tanto tiempo
buscando la paz, algo que es esencia del ser humano, sin embargo nosotros,
ignorantes, hemos creído erróneamente que sólo se puede lograr por medio de las
guerras.
Dejémonos de aislamientos y diferencias, dejemos de
marginar ciudadanos de una u otra categoría. A veces los considerados de
primera categoría nos demuestran que tras su refinamiento de modales y buena
educación son los que, ocultos tras su reputada imagen y su alto nivel social,
engañan y cometen las mayores atrocidades.
Las fronteras, los muros, los guetos, son las barreras
que nos limita y separa. Tenemos que eliminar las fronteras y considerarnos
todos de una misma familia y así acabarían las guerras. Todos tenemos que
evolucionar, no solo en las formas, en la educación y modales, sino, sobre
todo, en conciencia. No debemos dejarnos engañar con excusas para dar riendas sueltas a
nuestro egoísmo y nuestra ira y cometer actos peores aún que los que han
cometido los que nos han atacado. No debemos usar la violencia para combatir la
violencia, pues de esta forma lo que hacemos es reforzarla y agrandarla.
Basta ya de creer en dioses que nos separan a unos de otros,
de creer en un dios que nos protege contra los que no creen en él. Si se cree
en Dios, habría que intuir que es Único y por tanto que es el mismo para todo
el mundo aunque lo nombremos y representemos de distintas maneras. Dios está en
el interior de cada uno. Cada ser humano es parte de Dios, todos somos uno con
Dios, por eso el que ataca a otro ser humano lo hace contra Dios y contra sí
mismo. Con odio en el corazón no podemos hallar a Dios. Acabemos con las
idolatrías y los fanatismos. Acabemos ya las luchas por la religiones, que cada
cual siga con la suya, al fin y al cabo, todas pretenden conducirnos a la misma
meta, son distintos caminos pero un único destino, DIOS.
José Luis Lladó Meléndez
Cádiz, 18 de noviembre de 2015