martes, 3 de julio de 2012

CONFERENCIA EN ARU EL 01/07/12



LAS DIFERENCIAS NOS HACEN CRECER

Voy a contar un cuento que se me ocurrió hace mucho tiempo y siempre se lo contaba yo a mis hijos cuando eran pequeños.  Es como sigue:
Empieza como todos los cuentos. Erase una vez.
Erase una vez habían dos pueblos vecinos. En uno sus habitantes eran gigantes, unos más o menos alto que otros, pero en definitiva todos eran gigantes y el otro por el contrario estaba poblado por hombres y mujeres muy bajitos, aunque también entre ellos los había más o menos bajito. Ninguno de los habitantes de un pueblo había visto nunca a los del otro pueblo. Los habitantes de cada uno de los pueblos  desde siempre habían creído que los habitantes del pueblo vecino  eran muy  diferentes  a ellos, y por ese motivo nunca se atrevían a salir de su pueblo, para no encontrarse con sus extraños vecinos.
Pero en una ocasión el más bajito del pueblo de los gigantes, que estaba arto de que siempre se estaban burlando de él, diciéndole enano y cosas por el estilo, para desahogarse  se aventuró a salir de su pueblo, era un día de primavera y el campo estaba muy bonito y la temperatura muy agradable, así que se introdujo por un camino y comenzó a andar y sin darse cuenta  se alejó de su pueblo.
Al mismo tiempo desde el otro pueblo, el más alto de todos, de entre los bajitos, como no paraban de reírse de él y llamarle en forma despectiva, “gigante”, y que no servía nada más que para jugar al balón cesto, decidió alejarse del pueblo para buscar un poco de tranquilidad en el campo. Era un día precioso de primavera.  
De pronto,  el gigante bajito vio a lo lejos a un hombre que venía por el camino hacia él, cuando se cruzaron se miraron y se saludaron, y el gigante bajito le preguntó al otro, de donde venía. Cuando le contó que era del pueblo vecino del de los hombres bajitos, los dos se quedaron mirándose el uno al  otro e incluso se midieron y se abrazaron al comprobar que tanto el más bajito de los gigantes como el más alto de los bajitos eran iguales , vieron que no eran tan diferentes, no entendían como no se habían dado cuenta nunca antes y habían pasado toda la vida temiendo encontrarse con sus extraños vecinos, entonces se dieron la mano y pactaron hablarlo cada uno en su pueblo, para organizar una fiesta  de primavera a mitad de camino entre los dos pueblos, y así hicieron y un día de fiesta se unieron a donde el rio todos los habitantes de los dos pueblos, entonces comprobaron que entre todos unos eran más altos que otros, pero que en realidad no era motivo para temerse, así a partir de ese día ya los dos pueblos se unieron en uno sólo y de la unión de lo mejor de cada uno al cabo de unos años los nuevos nacimientos no mostraban tanta diferencia, se había conseguido un equilibrio entre las dos razas.
Con este cuento como ejemplo vemos como a veces tememos abrir nuestras emociones, sentimientos, salir de nosotros mismos y mostrarnos como somos, tenemos miedo también de los demás y nos protegemos para no permitir a nadie que invada nuestra intimidad, tememos a la comunicación directa, abierta y sincera. Nuestras percepciones crean nuestros miedos y no nos atrevemos a salir de nuestro entorno, solo vemos en los demás las diferencias y nos permitimos juzgar y suponer que nosotros somos mejores, y que hay que apartarse de los que no son como nosotros. Al mismo tiempo todo lo comparamos y medimos, pero utilizamos nuestras percepciones para medir. Como en el cuento, a partir de qué medida se considera gigante, pues el más bajito de ellos podía haber estado en el pueblo de los bajitos, o al contrario. Vemos que todo depende con qué se compare. Los dos pueblos crecieron, se hicieron grandes cuando sus habitantes dejaron de percibir sus diferencias y se unieron. Comprobamos que es precisamente con los que son diferentes a nosotros con los que más nos  beneficiamos, es con ellos con los que podemos aprender. Pues poco aprenderíamos si todos fuésemos iguales, las diferencias de unos y otros son precisamente los complementos, es lo que necesitamos para ser completos.  Somos piezas de un puzle en el que cada uno encaja con los otros y entre todos vamos creando un mural perfecto.
Gracias a las diferencias la humanidad ha sobrevivido tanto tiempo, pues si todos fuésemos iguales, cualquier bacteria o virus que atacase a algunos de sus miembros hubiera exterminado a todos y la humanidad hubiera desaparecido ya hace mucho tiempo, pero gracias a las diferencias entre unos y otros, de razas, de genéticas, siempre ha habido algún sector que ha tenido anticuerpos que han servido para combatir la epidemia, logrando salvar a la humanidad.
Como en el cuento vemos que gracias a las diferencias, todos crecemos.
Cádiz, 1 de junio de 2012
              José Luis Lladó Meléndez

No hay comentarios:

Publicar un comentario